¡Hay cabrón! ¡una cana!, ¿otra?, ¿y otra?...
¿Hace cuanto no me miraba detenidamente al espejo?...
Un día revelador, inmerso en la rutina no me di cuanta como pasaban los días, los meses, y menos los años, sí, notaba las navidades, los cumpleaños, pero no cuantitativamente, de pronto en un domingo de ocio el espejo me regala en hilos plateados la realidad, treinta y cinco años, ¡carajo! treinta y cinco años con la misma cama, con los mismos posters tapizando mi cuarto, ¿viviendo con mis papás?, ¡treinta y cinco años viviendo con mis padres! ¡no mames!, ¡cómo paso?, mejor dicho ¿cómo deje que pasara sin cambio alguno?, diez años en el mismo trabajo, la misma rutina, papeles por aquí y por allá, firmas, levantarse a las cinco de la mañana, bañarse para salir y el desayuno listo, con la ropa planchada acomodada sobre el colchón, viajar en metro, ver las portadas de los diarios, navegando por túneles, atisbando faldas entalladas, absorbiendo olores, desembarcar en la estación del chapulín y esperar en una enorme fila para abordar el microbús, ya de tanto que lo hago he adoptado el decir: "la micro" como la mayoría, veinte minutos de trafico cuando caminando podría llegar como en diez, saludar al vigilante, dos o tres bromas absurdas, resultados del fútbol, etc., esperar el elevador, piso catorce, virar a la izquierda, beso en la mejilla a la recepcionista (creo que la cuarta en lo que llevo aquí), abrir la oficina, prender la máquina, contraseña, ¡clic! a Outlook, ir a la cocina, preparar café, regresar y ver los nuevos mensajes, etc., etc., etc., siete de la noche, tomar mis cosas para regresar a casa con el sabor de la cena materna ya en el paladar, platicar lo mismo frente al televisor, dormir con la radio prendida...
¡Carajo treinta y cinco años!, canas, viviendo con mis padres, sin novia, sin sueños, con una rutina abominable, tengo tantas cosas que pensar, que tener...
¡Chingao! y ahora soy un resentido social...
¿Hace cuanto no me miraba detenidamente al espejo?...
Un día revelador, inmerso en la rutina no me di cuanta como pasaban los días, los meses, y menos los años, sí, notaba las navidades, los cumpleaños, pero no cuantitativamente, de pronto en un domingo de ocio el espejo me regala en hilos plateados la realidad, treinta y cinco años, ¡carajo! treinta y cinco años con la misma cama, con los mismos posters tapizando mi cuarto, ¿viviendo con mis papás?, ¡treinta y cinco años viviendo con mis padres! ¡no mames!, ¡cómo paso?, mejor dicho ¿cómo deje que pasara sin cambio alguno?, diez años en el mismo trabajo, la misma rutina, papeles por aquí y por allá, firmas, levantarse a las cinco de la mañana, bañarse para salir y el desayuno listo, con la ropa planchada acomodada sobre el colchón, viajar en metro, ver las portadas de los diarios, navegando por túneles, atisbando faldas entalladas, absorbiendo olores, desembarcar en la estación del chapulín y esperar en una enorme fila para abordar el microbús, ya de tanto que lo hago he adoptado el decir: "la micro" como la mayoría, veinte minutos de trafico cuando caminando podría llegar como en diez, saludar al vigilante, dos o tres bromas absurdas, resultados del fútbol, etc., esperar el elevador, piso catorce, virar a la izquierda, beso en la mejilla a la recepcionista (creo que la cuarta en lo que llevo aquí), abrir la oficina, prender la máquina, contraseña, ¡clic! a Outlook, ir a la cocina, preparar café, regresar y ver los nuevos mensajes, etc., etc., etc., siete de la noche, tomar mis cosas para regresar a casa con el sabor de la cena materna ya en el paladar, platicar lo mismo frente al televisor, dormir con la radio prendida...
¡Carajo treinta y cinco años!, canas, viviendo con mis padres, sin novia, sin sueños, con una rutina abominable, tengo tantas cosas que pensar, que tener...
¡Chingao! y ahora soy un resentido social...